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Escrito por Cronos el lunes, 9 de noviembre de 2009

Bautismo.

Al fin vio el lugar que buscaba. Iluminado por el sol de la mañana, en medio de la selva, un pequeño poblado de cuatro maltrechas chozas de paredes de bambú y techo de hojas de palmera desecadas yacía junto a un río, rodeado de pequeños sembrados protegidos por endebles muros de juncos. Sin dejar de caminar, con la vista fija en las chozas, ordenó mentalmente a sus siervos que rodeasen el poblado. Nadie debía escapar. Sintió en su piel el frío del metal de su espada al agarrar la empuñadura con fuerza. Cuando estaba a unos 20 pasos de la primera de las chozas, un hombre salió de ella. Era adulto, aunque no levantaba más allá de su hombro. Su piel era oscura, y sus ojos almendrados. Tenía la cabeza rapada, y portaba una tosca lanza de madera en su mano derecha. Aquel hombre parecía aterrorizado por su presencia, y tenía motivos para estarlo. Cuando estaba a unos diez pasos de él, el hombre comenzó a temblar del terror.
-Tú no hacer daño... tú no hacer daño... - Su voz temblaba casi tanto como sus piernas- Tú no enemigo,... nosotros comida... yo Hash-n'ik... tú quién....
-Tu muerte.- La voz de Mirko sonó como un trueno mientras desenvainaba su arma.
Tan sólo un instante más tarde la vida de aquel hombre se escapaba por la herida abierta por la espada de Mirko, que le atravesaba el vientre de lado a lado. Mantuvo al hombre, herido de muerte, en pie durante unos segundos, mientras veía como la vida huía de sus ojos, que miraban al infinito. Finalmente, lo dejó caer mientras daba la orden a sus siervos de atacar. Entonces comenzó la orgía de sangre.
Mirko no era capaz de ver con claridad. Varias figuras salieron de las chozas. Pequeños, grandes… todos intentaban huir, pero su espada silbaba en el aire implacablemente, segando las vidas de los enemigos de su señora. Las sombras se mezclaban a su alrededor, y sin embargo, sabía dónde y cómo golpear para asestar estocadas certeras y mortales. Lo único importante era que sus enemigos murieran. Lo único que le importaba era matar, destruir a los que odiaban a Ovatha, y su espada cumplía a la perfección su labor. Uno tras otro iban cayendo aquellos que se cruzaban en su camino.
El olor de la sangre lo llenaba todo y hacía que su furia fuese en aumento con cada golpe. Su rabia y su ceguera aumentaban con cada enemigo caído. Los gritos de sus presas se mezclaban con el sonido de las armas, formando una música macabra que le hipnotizaba y le obligaba a golpear una y otra vez, a matar en nombre de su señora. Mirko podía notar la satisfacción de Ovatha en cada herida que inflingía, en cada extremidad que seccionaba y en cada vida robada.
Pronto todo se llenó con la luz danzarina del fuego que provenía de las chozas, y el olor de la sangre se mezcló con el del fuego y con el de la carne al quemarse. Los gritos no cesaban y los golpes de espada se sucedían con velocidad creciente. Tras un certero golpe, un chorro de sangre golpeó la cara de Mirko, haciéndole sentir el sabor salado de la savia de su enemigo. La humedad y la calidez de la sangre le despejaron, de modo que pudo ver cómo ante él caía una niña morena, de no más de diez años, con su brazo colgando de lo poco que quedaba de su hombro.

De pronto, la música del combate terminó.

Mirko pudo ver los ojos de la niña mirándole fijamente mientras que su boca musitaba unas palabras que no podía entender. Podía adivinar su significado. ¿Por qué? La niña repitió las palabras cada vez más despacio, cada vez con voz más queda, hasta que finalmente sólo sus ojos vacíos de vida continuaron preguntando a Mirko. ¿Por qué?
La semilla... Aquella semilla que sabía que estaba en su interior, aquella semilla que hasta la misma Ovatha desconocía, fue creciendo poco a poco. Moviéndose, aumentando, revolviéndose, mientras que Mirko observaba su obra. Hasta una treintena de cadáveres yacían a su alrededor, todos mirándole con la misma mirada que se le clavaba en el alma, todos preguntándole con su rostro, con sus ojos. ¿Por qué? Tantas vidas segadas, y no era capaz de contestar a la pregunta. ¿Por qué? Su mano derecha soltó la empuñadura de su espada, ya envainada. La semilla germinó, alimentada por la consternación de Mirko, creció, y sus ramas se extendieron por su corazón y su alma, llenándolo de culpa y tristeza, hasta que su fruto manó por sus ojos. Mirko pudo notar el salado sabor de sus propias lágrimas al llegar a su boca. ¿Por qué? Cada uno de los cadáveres que estaban ante él le hacía la misma pregunta, clavando la culpa en su alma, retorciendo su conciencia, aquella semilla tan profundamente enterrada que hasta la misma Ovatha, su señora, la había olvidado. Vio como sus lacayos se alimentaban de la carne y la sangre de los inocentes y su rabia creció. Ahora podía ver con claridad. Ovatha no era su señora, era su ama. Ovatha no era su madre, sólo era quien le había forjado a él, como un arma, como un juguete más para su voluntad.
-Hijo, piensas cosas horribles.-La dulce voz de Ovatha sonó en su mente.- ¿Por qué?
-Esa es la pregunta Ovatha. ¿Por qué? Ellos me preguntan con sus ojos. Sus almas pesan sobre mis hombros.
-No hay un porqué, hijo mío. Yo lo quería así. El porqué no es importante.
-Yo creo que sí lo es.
-Era mi capricho, hijo. Mi voluntad. Y mi voluntad es tu voluntad, ¿recuerdas?
-No me gustan tus deseos, Ovatha.
-Sólo puedes cumplirlos, hijo mío. Yo te he creado, y ésa es tu obligación.
-Tú no me has creado. Yo existía antes de Ovatha. - Mirko sintió como su voluntad se doblegaba ante la dulzura de su voz.- Y sigo queriendo saber el porqué. Ellos me lo preguntan, y sus almas merecen una respuesta.
-Porque yo lo quise, hijo mío.- La voz de Ovatha le adormecía, aliviaba el dolor que le causaba su propia conciencia.- Porque era lo mejor para ti, porque debías aprender.
-No sé si me gusta lo que he aprendido Ov... Madre.- La voluntad de Mirko cedía lentamente.
-No todas las lecciones son gratas, hijo mío. Pero con el tiempo verás que lo que te he enseñado hoy te será de gran ayuda. Sabes que de no ser así no te lo hubiera pedido, hijo mío.
-Claro, madre.- Todo comenzó a tornarse borroso de nuevo para Mirko.- No sé que clase de locura ha pasado por mi mente. Sé que tenéis razón, y mi duda me deshonra.
-Yo te perdono, hijo mío... Sabes que siempre te perdonaré porque mi amor por ti es tan grande que ninguna ofensa puede destruirlo.
-Gracias madre. No merezco vuestro amor ni vuestro perdón, pero haré lo que sea necesario para lograrlos…

Y entonces, el durmiente despertó.

-Ovatha, eres un ser malvado. Todas tus palabras están llenas de falsedad. Tus mentiras mueven mi mente cada vez que hablas. Deja de atormentarnos.- La voz del durmiente sonaba similar a la de un niño enfadado, pero profunda y ronca, como un rugido en su mente.
-¡No! ¡Tú debes dormir! ¡No debes despertar aún!- La voz de Ovatha se tornó aguda, casi desesperada.
-Soy dueño de mí, Ovatha. Al igual que tú, Mirko. Tú, compañero de prisión y dolor. Tú has de ser dueño de ti, de nosotros. Debes oírme.
-¡No le escuches! ¡Él miente! ¡Quiere destruirme a mí y destruirte a ti! ¡Él es la causa de todo el dolor!
-Tú eres la fuente del dolor, Ovatha.-El rugido del durmiente sonaba en sus mentes con la fuerza de un huracán- Mirko, compañero. Sabes que miente. Debes unirte a mí. Seremos uno y le ganaremos. Yo no soy un esclavo. Y sé que tú tampoco quieres serlo.
-Yo....-Mirko estaba confundido.- Ella alivia el dolor. Ella cura las heridas. Ella me protege y me...
-¡Mirko!- El durmiente estaba furioso- ¡Recuerda! ¡Recuerda su mirada! ¡Recuerda los muertos! Ella es la culpable. ¡Ella es tu dueña! ¡Ella no es tu madre! ¡Tienes que escuchar! ¡No habrá otra oportunidad!
-Recuerda el dolor, hijo mío. Recuerda como tu interior se retorcía para hacerle sitio a él. Él es el culpable de tu miseria, mi vástago, no yo.
Los ojos. Las preguntas. Todo era borroso otra vez para Mirko. De nuevo se sentía bien. No estaba el dolor. Pero estaban las preguntas. De nuevo el sabor salado en su boca. De nuevo el peso en su espalda. Las miradas... El porqué... El dolor... los latidos... todo se mezclaba en su mente, las preguntas, la dulce voz de Ovatha y el rugido infantil del durmiente. Mirko. Ya no era él. Lo comprendió. Recordó el día que los lezzars le habían capturado. Mirko ya no existía. El nuevo Mirko era distinto. Recordó de nuevo la semilla. Aquello que todavía conservaba de su verdadero yo. La semilla era el último resto. Su humanidad. Su conciencia. Ya nunca la perdería. Abrió los ojos y vio el festín de muerte que había servido a la que hasta entonces era su señora. Vio cómo los que habían sido sus secuaces se cebaban en sus víctimas inocentes, sin darse cuenta de lo que estaban haciendo. Bestias sin mente. Por un momento vio su propio rostro en cada uno de los hombres lagarto. Vio de nuevo el rostro de la niña, de aquel ser inocente que le había despertado de aquella pesadilla macabra. Y entonces volvió el dolor. De nuevo el dolor en cada porción de su cuerpo.
-¡No! ¡No le escuches! ¡Él debe dormir!-La voz de Ovatha ya no curaba. Nunca lo haría más. Ahora tendría que sufrir para poder expulsarla de su cuerpo para siempre.- ¡Yo soy tu madre Mirko! ¡Debes amarme como te enseñé!
-No le escuches. - La voz del durmiente se había hecho débil y rasgada- Tu voluntad me cansa. No debemos luchar entre nosotros. Algún día seremos uno. Cuando sea grande y pueda hacerlo. Deberás seguir solo, aunque seguiré contigo. Hemos de lograrlo, Mirko. Si no lo hacemos ella volverá... Ahora, corre por los dos... y cuando no puedas seguir yo correré por ti... corre...
Mirko cayó al suelo, doblegado por el dolor, y comenzó a vomitar. Cuando pudo abrir los ojos vio su propia sangre sobre la hojarasca. Lo que había expulsado, aun así, le hacía sentirse mejor. El dolor era menos intenso, y la voz de Ovatha parecía más lejana.
-¿Así es como me traicionas, hijo?- La voz de Ovatha ahora era terrible, acusadora, aunque menos intensa.- ¿Así es como pagas el dolor que yo te entregué? Yo te pagaré como se paga a un traidor. Aunque sentiré tu dolor como si fuese mío.
Mirko notó como sus lacayos se separaban de él, como Ovatha invadía sus mentes expulsando su control para tomarlo por sí misma. Volvió la cabeza, y de forma nítida vio como aquellos lezzars de escamas negras le miraban, blandiendo sus cimitarras. Mirko sabía que no era el momento de luchar. Se incorporó y comenzó a correr.

Todavía sabía en que dirección y a que distancia estaba Ovatha.

Corrió en dirección contraria.
1 Comentarios

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