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Escrito por na el martes, 22 de septiembre de 2015

La atracción de lo prohibido.
Algo más que reactancia.
No recuerdo desde dónde.
Pero siempre me acompaña.

He crecido, la autoridad del porque no, no me vale.
Tiene su lógica.
Si solo y siempre hablo de lo que quiero atraer, convierto lo que no quiero en tabú.
Y al tratar de ignorarlo de silenciarlo de prohibirlo, mágicamente lo transformo en apocalíptico.

Por lo que me he dado cuenta, el hechizo de lo prohibido atrae por igual a todas las longitudes de onda.
De hecho, lo que rojos, verdes, azules y morados tienen en común es, precisamente, la sombra.

He de admitir que aunque no siempre fuera divertido, me he permitido explorar los tabús relacionados con mi desnudez, con mi sexualidad, con mi alimento...
Hasta el límite del infinito porque sentía que ni rozaba mi núcleo interno de resistencia.

He podido afrontar la presión grupal de la corriente dominante, en la medida de mis posibilidades, porque sentía la salud y la justicia en el centro de mi ser.

Desde mi aislamiento y mi insignificancia el tabú me resultaba mayoritario y ajeno.

Lo más que me podía pasar al explorar el nudismo, por ejemplo, era que me colgaran una etiqueta según las coordenadas grupales: puta, bruja, loca...
Según la mayoría dominante, además de juzgarme, han podido condenarme con multiples tratamientos que abarcan de la hoguera a la farmacia.

El fin del encantamiento era en todo caso externo.

Y aunque el terror, la verguenza y la culpa, las humillaciones y los ultrajes me hagan ocultar y esconder mi piel, aunque me vista y haga como que obedezco, eso no cambia mi atracción.
Me he permitido explorar los límites.
En cada generación, en cada tabú.

Ahora no es que me maten.
Ahora es que me muero.


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