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Escrito por na el viernes, 20 de abril de 2007

Cuando reducimos nuestras elecciones al hecho de escoger la opción menos mala de entre las que nos proponen, pasa lo que pasa. Y lo llaman democracia, pero algo aquí no cuadra.

Hoy en día, creo que a nadie sorprende el nivel de alineación alcanzado. Tan sólo nos preguntamos hasta cuándo, hasta dónde, podremos aguantarlo. Y si desde distintos sectores señalamos todo lo que esta amalgama de civilizaciones varias nos está pudriendo, nadie ya se extraña. La reducción de nuestra elección, lejos de generar el pretendido bienestar, anula nuestra capacidad para sostenernos por nuestros propios pies. Cargándonos la existencialista ansiedad eliminamos nuestro potencial. Nos hemos quedado sin libertad a cambio de la comodidad de la jaula. Y tenemos la desfachatez de considerar ser humano al animal domesticado. Y totalmente mutilados buscamos en la psicoterapia las soluciones a los males que este desenfocado enfoque nos causa.

De todas las alternativas, que este sistema educativo me ofrecía, la terapia Gestalt parecía, al menos en teoría, la más transgresora de la reducida lista. Y eso, precisamente, es lo que ando buscando. En cierto modo así imagino el origen de cualquier teoría que se precie. Sin embargo, con el tiempo, todas las ideas revolucionarias de la llamada “tercera fuerza” quedaron parapetadas tras la poltrona. Es la impresión que me da cuando intento abarcar esta forma de entender al ser humano y al proceso de cambio.


¿Hasta cuando seguiremos necesitando genios para que nos expulsen del templo?


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