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Harto de ser lo que se espera, harto de hilar para sentirme inteligente... 
Escrito por Yosi_ el miércoles, 28 de enero de 2009

Parece que a estas alturas ya hace tiempo que pintan bastos. Y por si fuera poco, todo hace pensar que la cosa irá para largo. Es curioso, porque salvo pequeños cambios originados por las lógicas transiciones generacionales, el mundo es exactamente igual que hace 5 años, cuando al parecer occidente se situaba en la cresta de la ola. A modo de pasatiempo trato de buscar los factores que hacen que, lo que antes servía para dar trabajo y sustento a un determinado número de personas, hoy en día nos conduzca directamente hacia la debacle. No ha habido catástrofes naturales especialmente reseñables, la producción de alimentos se mantiene en niveles lógicos, el flujo de materias primas sigue un ritmo predecible, el tercer mundo se mantiene obediente bajo el yugo del primero, y sin embargo de la noche a la mañana todo parece ir mal. "No es tan sencillo", dirán algunos, "dénse cuenta de las caídas de las ventas en el sector inmobiliario, la reducción de empleos como consecuencia, etc, etc...". Apasionante, de verdad, el juego es apasionante, podría dar pie a una nueva versión del gran SimCity, pero apartemos un poco la mirada de las hilarantes peripecias de esa panda de bits y echemos un ojo al mundo real.

Me parece estupendo que ustedes se lo estén pasando tan bien haciendo fluctuar los numeritos, pero aquí y ahora la cosa va de alimentar a personas reales, tan reales que el día menos pensado pueden tomar conciencia de lo grotesco de la situación y hacer que todos nos pongamos un poco más serios. Porque digo yo que si anteayer aquí (que cada uno se sitúe donde quiera) había recursos básicos para asegurar la subsistencia de X millones de personas, a día de hoy tiene que seguir habiéndolos, ya que no ha habido una ruptura sustancial entre ambas proporciones. Y dado que la situación es así, dejen de provocarnos jaquecas hablando de situaciones difíciles con gesto resignado y angelical, porque la coyuntura es tan fácil o tan complicada como cuando todo eran sonrisas.

Invéntense otra forma de hacer la comedia, a bote pronto se me ocurre proponer que empecemos a justificar el reparto empleando billetes del monopoly, pero no nos digan que donde hubo capacidad para mantener a todos y además para que cientos de personas se llenaran los bolsillos hasta niveles absurdos a cuenta de la infinita permisividad de las masas, ya no queda suficiente para paliar las necesidades más urgentes del pueblo llano. No nos cuenten eso, porque además de no ser en absoluto creíble, es ofensivo y de muy mal gusto. Pero puestos a pagar, si realmente de un día para otro han perdido la capacidad de multiplicar los panes y los peces, que pague quien corresponde. Yo no me inventé su juego, no impuse las normas, ni siquiera llegó a parecerme nada más que una gran majadería fruto de mentes tan interesadas como inconscientes, justo lo que a la postre ha demostrado ser. Pero cuando se juega con las vidas de tanta gente que nunca tuvo el poder para decidir lo que estaba pasando, un error no se enmienda con un tímido "lo siento", ni aún cuando se diga de forma sincera, que no es el caso. Se echa en falta una claudicación sincera, se echa en falta un verdadero sentido de la responsabilidad, y la inteligencia para reconocer que estamos al final del camino que se empeñaron en trazar en nombre de todos. Pero sobre todo, como de costumbre, se anhela una reacción acorde a las circunstancias que devuelva la vergüenza a quienes ya se han demostrado incapaces de sentirla de forma espontánea.

En declaraciones recientes en televisión, el Presidente del Gobierno afirma que "hay que consumir", y lo hace sin despeinarse, sin palidecer, sin dar muestra alguna de estar consumiéndose en su propio descaro. Tal vez ese señor no se da cuenta de que nadie es tan sumamente estúpido como para no consumir lo que necesita si se le da la opción de hacerlo, o tal vez esta afirmando con toda la cara que esa patología endémica conocida como "consumismo", consistente en hacer uso y abuso de una cantidad de bienes muy por encima de las necesidades reales, es en realidad una especie de panacea totalmente deseable como buque insignia del progreso social. Para quien no vea lo grave del asunto, esto es algo así como empujarnos a la ludopatía, como sugerir que introducir monedas en máquinas tragaperras sin finalidad aparente supone una excelente forma de mover la riqueza a un ritmo suficientemente vertiginoso como para que nadie se de cuenta de lo que están haciendo con ella.

En el fondo eso es exactamente lo que pasa, nada más, y de hecho es precisamente eso lo que han estado pidiéndonos durante años empleando métodos más o menos ortodoxos. Ahora bien, el hecho de que un presidente teóricamente de izquierdas (ya ni siquiera me da la risa, lo siento), presunto adalid de la igualdad social, de la sostenibilidad, de la conciencia ecológica, aparezca en un gran medio de comunicación afirmando abiertamente que nos entreguemos a la fiebre de adquirir compulsivamente lo que no necesitamos, pone un punto y aparte en la carrera hacia la autodestrucción. Ya sólo nos quedan unas pocas pinceladas como colofón a tanta estupidez, supongo que, como siempre, será sólo cuestión de tiempo.