Escrito por Cronos el jueves, 18 de marzo de 2010
Torbellino.
Llevaba horas en el remolino. Siempre negro, siempre intenso, siempre cambiante, como cada día, caía, caía por él sin remisión, sin llegar a ningún sitio y sin salir de ningún lugar. Sólo el remolino.
Se resistía con todas sus fuerzas, con toda su voluntad, pero nada podía hacer salvo seguir dejándose llevar, salvo dejar que el remolino, y quien en él gobernaba se apropiasen de su mente.
No, una vez lo había conseguido, pero no habría una segunda. Seguiría luchando, sólo porque era lo único que podía hacer. La lucha era vana, y lo sabía, y también sabía que algún día el torbellino ganaría, y que perdería el control por fin y sólo sería una marioneta en el papel al que ella, tan soberbia, le había destinado sin siquiera cuestionarse si él lo deseaba realmente. Pero era así. Cada noche, el torbellino volvía a él, una y otra vez, recuerdo del abismo del que había salido, reflejo de él. Ella estaba en el centro, él lo sabía, ella le hablaba y le repetía una y otra vez sus palabras cargadas de odio, de veneno.
- ¿Qué va a ser de ti? ¿Quién te va a proteger? ¿Quién te va a dar lo que deseas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?- Su voz volvía a ser dulce, su voz volvía a serenar, volvía a calmar. Pero él no deseaba oírla.
Sabía que tras la dulzura de su voz, tras la piedad de sus palabras estaba el odio, la mentira y las ambiciones desmedidas, pavorosas. Se negaba a oírla, dejaba que el abismo continuase, y deseaba volver a la realidad. Sólo podía decir no. Sólo podía despreciar la protección de la que le había robado su propio ser. Y el torbellino seguía. Pero esta vez algo estaba cambiando. El torbellino seguía allí, y, como cada noche, le arrastraba con fuerza, cada vez más cerca del centro, pero aún sin llegar a él. Entonces, por vez primera, desfalleció. Su voluntad comenzó a quebrarse y el torbellino le condujo cada vez más rápido, cada vez más cerca del centro, cada vez más próximo al dulce sueño final que ella le ofrecía, al que ella quería condenarle. La voz era dulce, sincera, protectora, adormecedora…
La voz le tenía hipnotizado, le dominaba ya casi por completo. Entonces El Otro volvió. Al principio fue sólo su voz. Fuerte, airada, pero a la vez cargada de ingenuidad, casi infantil.
-No. Eres mala.
-Yo te doy paz, yo te doy amor.-Su voz sonaba maternal, amable, próxima, cariñosa.
-Pero eres mala.
-Debes descansar. Debes dormir. Es lo mejor para ti. Yo te cuido, yo te amo, yo te doy todo lo que necesitas.
-Necesito que no seas mala. Eso no me lo vas a dar.- El Otro hablaba de manera cada vez más airada, más llena de rabia.
-¿Y él? Él carga con el peso, él es el que sufre, debes dejarle decidir, él ya lo ha hecho.-Dulce, sensata, como la conciencia misma.
-¡No! ¡Mentira! ¡Tú has querido decidir por él, y él decidió cuando te echamos!- El Otro gritaba ahora, a la vez poderoso y sobrecogedor.- ¡Eres mala y no te queremos! ¡Él es bueno!, ¡nunca dejaremos que vuelvas!
Entonces, algo tomó forma bajo él. Como un brillo plateado al principio, como una figura alada después, El Otro comenzó a elevarse sobre el torbellino, sobrevolándolo de manera torpe pero decidida. Ella sabía que esta vez había perdido, pero era anciana, antigua, y sabía que tenía que ser paciente. El Otro volvió a hablar.
-Descansa ahora. Yo la mantendré lejos hasta que puedas volver a luchar. Tú y yo y el hombre del fuego y el caballero y el gran dragón podremos con ella. Ellos son buenos y tú eres bueno. Yo te cuidaré mientras descansas, aunque no será mucho. Aún soy muy pequeño, y no sé lo que podré aguantar... Descansa, hombre bueno, descansa...
Esa noche, durante su guardia, Adrash se sorprendió de ver a Mirko dormir plácidamente por primera vez desde que le conocía.
Llevaba horas en el remolino. Siempre negro, siempre intenso, siempre cambiante, como cada día, caía, caía por él sin remisión, sin llegar a ningún sitio y sin salir de ningún lugar. Sólo el remolino.
Se resistía con todas sus fuerzas, con toda su voluntad, pero nada podía hacer salvo seguir dejándose llevar, salvo dejar que el remolino, y quien en él gobernaba se apropiasen de su mente.
No, una vez lo había conseguido, pero no habría una segunda. Seguiría luchando, sólo porque era lo único que podía hacer. La lucha era vana, y lo sabía, y también sabía que algún día el torbellino ganaría, y que perdería el control por fin y sólo sería una marioneta en el papel al que ella, tan soberbia, le había destinado sin siquiera cuestionarse si él lo deseaba realmente. Pero era así. Cada noche, el torbellino volvía a él, una y otra vez, recuerdo del abismo del que había salido, reflejo de él. Ella estaba en el centro, él lo sabía, ella le hablaba y le repetía una y otra vez sus palabras cargadas de odio, de veneno.
- ¿Qué va a ser de ti? ¿Quién te va a proteger? ¿Quién te va a dar lo que deseas? ¿Quién tiene el poder de hacerlo?- Su voz volvía a ser dulce, su voz volvía a serenar, volvía a calmar. Pero él no deseaba oírla.
Sabía que tras la dulzura de su voz, tras la piedad de sus palabras estaba el odio, la mentira y las ambiciones desmedidas, pavorosas. Se negaba a oírla, dejaba que el abismo continuase, y deseaba volver a la realidad. Sólo podía decir no. Sólo podía despreciar la protección de la que le había robado su propio ser. Y el torbellino seguía. Pero esta vez algo estaba cambiando. El torbellino seguía allí, y, como cada noche, le arrastraba con fuerza, cada vez más cerca del centro, pero aún sin llegar a él. Entonces, por vez primera, desfalleció. Su voluntad comenzó a quebrarse y el torbellino le condujo cada vez más rápido, cada vez más cerca del centro, cada vez más próximo al dulce sueño final que ella le ofrecía, al que ella quería condenarle. La voz era dulce, sincera, protectora, adormecedora…
La voz le tenía hipnotizado, le dominaba ya casi por completo. Entonces El Otro volvió. Al principio fue sólo su voz. Fuerte, airada, pero a la vez cargada de ingenuidad, casi infantil.
-No. Eres mala.
-Yo te doy paz, yo te doy amor.-Su voz sonaba maternal, amable, próxima, cariñosa.
-Pero eres mala.
-Debes descansar. Debes dormir. Es lo mejor para ti. Yo te cuido, yo te amo, yo te doy todo lo que necesitas.
-Necesito que no seas mala. Eso no me lo vas a dar.- El Otro hablaba de manera cada vez más airada, más llena de rabia.
-¿Y él? Él carga con el peso, él es el que sufre, debes dejarle decidir, él ya lo ha hecho.-Dulce, sensata, como la conciencia misma.
-¡No! ¡Mentira! ¡Tú has querido decidir por él, y él decidió cuando te echamos!- El Otro gritaba ahora, a la vez poderoso y sobrecogedor.- ¡Eres mala y no te queremos! ¡Él es bueno!, ¡nunca dejaremos que vuelvas!
Entonces, algo tomó forma bajo él. Como un brillo plateado al principio, como una figura alada después, El Otro comenzó a elevarse sobre el torbellino, sobrevolándolo de manera torpe pero decidida. Ella sabía que esta vez había perdido, pero era anciana, antigua, y sabía que tenía que ser paciente. El Otro volvió a hablar.
-Descansa ahora. Yo la mantendré lejos hasta que puedas volver a luchar. Tú y yo y el hombre del fuego y el caballero y el gran dragón podremos con ella. Ellos son buenos y tú eres bueno. Yo te cuidaré mientras descansas, aunque no será mucho. Aún soy muy pequeño, y no sé lo que podré aguantar... Descansa, hombre bueno, descansa...
Esa noche, durante su guardia, Adrash se sorprendió de ver a Mirko dormir plácidamente por primera vez desde que le conocía.
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