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Harto de ser lo que se espera, harto de hilar para sentirme inteligente... 
Escrito por Yosi_ el martes, 10 de enero de 2012

Al eco de los últimos compases de una nueva apología al ya clásico “vivan las caenas”, hay quien despierta atónito al descubrir que ya nos la han vuelto a liar. Previsible, tedioso e inevitable como viene desarrollándose a lo largo de una etapa de la que ya cuesta recordar el inicio, el panorama económico va y viene sin dar explicaciones, saltando a la palestra cada poco tiempo con algún nuevo término extravagante que hasta la fecha nadie conocía, y que sin embargo súbitamente se transforma en la cuestión de la que todo el mundo se preocupa y para la cual prácticamente cualquier solución está justificada. Bien pudiera parecer que cada semana nos jugamos la bolsa y la vida en base a criterios que, cada vez con mayor intensidad, aparentan ser tan aleatorios como oportunistas y tendenciosos.

No obstante, en un admirable juego de manos en el que las malas noticias se suceden a golpe de titulares alarmantes e ininteligibles (al menos en un sentido profundo), el común de los mortales parece convencerse de que todo va fatal, de que hay razones de peso para que eso sea así, y de que la única solución pasa por reconducir el contexto actual hasta que vuelva a ser como justo antes de que todo empezase a ir tan mal. Dejando a un lado la gran obviedad que constituye el hecho de que el resultado más probable al tratar de resolver un problema reproduciendo sus causas sea volver a caer en dicho problema, resulta más llamativo si cabe que se caiga una y otra vez en la eterna amnesia tan característica no ya de este país, sino de todas las sociedades mediatizadas, que empuja a creer que acierta cualquiera que de una u otra forma se oponga al último que se ha equivocado, independientemente de lo que el sentido común o la memoria a medio plazo parezcan indicar con toda insistencia.

Pese a todo, las motivaciones de todas las partes que toman parte en la comedia son tan ofensivamente claras que ya no falta quien cuestiona con toda claridad señalando culpables sin que nadie tenga que molestarse siquiera en censurar el mensaje. El drama a estas alturas no es tanto que dicho mensaje en muchas ocasiones sea escandaloso y completamente cierto, sino que nos estamos insensibilizando ante él hasta el punto de que ni siquiera es necesario tratar de ocultarlo. En este caso, la victoria del poder sobre las ideas y el espíritu crítico no consiste en que el primero haya logrado acallar a los segundos, sino en que ni siquiera deba preocuparse de ellos para prevalecer con total tranquilidad.

Y al hilo de los mismos intereses, resulta particularmente peligroso el argumento que defiende que la sucesión de acontecimientos, al menos en el ámbito nacional, se debe fundamentalmente a que hayamos pasado años (un “hayamos” que en realidad es “hayáis”, porque siempre va referido a la sociedad en pleno salvo el hablante y sus protegidos) viviendo por encima de nuestras posibilidades. La malicia de la expresión no radica en que afirme que el ciudadano medio de este país ha pasado bastante tiempo especulando y consumiendo como un auténtico salvaje, como si le fuera en ello la felicidad y la vida entera, lo cual es completamente cierto. El problema está en el matiz que deja entrever el concepto “vivir por encima de”, la asociación nada inocente que se establece entre un poder de consumo elevado y una alta calidad de vida. Está también en que se pretenda hacernos aterrizar asumiendo cuáles son en realidad nuestras “posibilidades”, pero planteándolo de tal forma que la autodisciplina y la resignación no sirvan sino para aumentar el deseo de recuperar el estatus soñado o perdido.
Quizá ante semejante panorama se haga más necesario que nunca dejar muy claro que tratar de llenar una vida vacía con un armatoste con ruedas de alta gama, que pretender ir tapando las miserias del día a día comprando electrónica de diseño, o que angustiarse endeudándose y especulando con montañas de ladrillos como única solución para escapar a una rutina agónica e interminable, jamás debería ser tildado de inalcanzable ni exhibido como objeto de deseo. Es, o debería ser, simple y llanamente indeseable.
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