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"Harto de ser lo que se espera, harto de hilar para sentirme inteligente..." 
Escrito por Yosi_ el jueves, 21 de mayo de 2009

Últimamente el viento trae voces que anuncian aires de cambio, que asumen escarmientos de gran provecho, que prometen no caer de nuevo en los errores de siempre
Ante el constante chaparrón de desastres (adornados o a cara de perro) que a estas alturas ya se muestra a las claras en toda su dimensión, y ante las consecuencias subyacentes, principalmente una disminución bastante importante de la irracional voracidad del mercado, el Gobierno decide liarse la manta a la cabeza y repartir ayudas a diestro y siniestro. En principio se trata de una iniciativa muy loable a la que en apariencia sólo un despiadado usurero podría oponerse, porque qué hay de malo en que el Estado se solidarice con la gente en las épocas de vacas flacas. Nada, naturalmente, salvo que no deberíamos olvidar el hecho de que las arcas públlicas no son un pozo insondable donde los bienes surjan de forma espontánea e indefinida. Evidentemente no seré yo quien se aferre al individualismo tan típicamente liberal para reivindicar que cada palo aguante su vela, si es que la aguanta, y de lo contrario apelar a una extraña variante de la selección natural de las especies adaptada al capitalismo más salvaje, pero francamente debo decir que me resultan sospechosas ciertas cuestiones relacionadas con los métodos para repartir el pastel y con esa "nueva" forma de hacer las cosas. Nos damos de frente contra una crisis del modelo de consumo e interpretamos que la solución pasa por estimularlo con gesto desquiciado y dejar que quienes han generado este nivel de desigualdad insostible hasta para sí mismos sean quienes redistribuyan el bienestar que de haber exististido, hace mucho que forma parte del pasado.

La historia se convierte en déjà vu aún antes de que anuncien novedades, reformas de modelos productivos y propuestas abiertamente falaces para batirse el cobre en un absurdo concurso basado en escupir tonterias con cara de burócrata empedernido. Se habla de nuevos tiempos en los que apenas cambia el color del saco en el que los de siempre van a guardarse lo de todos, se predica al viento con la confianza adquirida a base de jugar a estereotipos cada vez más marcados, más arriesgados y más irreales para cualquier con los pies en la Tierra (aunque quizás en otra, porque ésta no me la creo), cada vez con mayor impunidad. Hoy por hoy la manida pirámide social que representa la sociedad a partir de la revolución industrial ve como queda descabezada por una cúspide cada vez más desvergonzada, que ya no se apoya en sus subordinados, sino que sobrevuela el desastre y ocasionalmente desciende para repostar y poner el cazo. O tal vez no, tal vez esa sea sólo la apariencia, pero quizá seamos nosotros mismos quienes la llevamos a hombros provocando esa sensación de ingravidez infalible que justifica y protege una estructura social que, seamos serios, se cae a pedazos de forma ofensivamente evidente. Se puede temer a la crisis económica, a la decadencia individual o a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, pero todo eso sería trivial si estuviéramos a salvo de la vorágine que envuelve todo y a todos. Sal a la calle, pregunta a alguien, y seguramente responderá que nada es posible más allá de esta mediocridad que asfixia por culpa de los demás, seres incapaces de vivir sin vigilancia, sin alambre de espino. Y paradójicamente los demás dirán exactamente lo mismo, porque el enemigo siempre se esconde en el otro, un palmo más allá de nuestras narices, justo donde se encuentra el miedo inevitablemente recíproco a quien a la mínima ocasión robará, violará, matará. Mientras, quienes de todas formas lo harían e incluso unos cuantos más que se apuntan por mera desesperación, naturalmente roban, violan, y matan, como no podría ser de otra forma. Eso sí, lo hacen dentro de un Estado de Derecho que hace la situación mucho más tranquilizadora e inocua, soportable precisamente por responder a estadísticas predecibles bajo el yugo de la rutina. Aunque la rutina se torne más insoportable que cualquier posible imprevisto.

Todo lo que no es miseria se convierte instantáneamente en utopía, así que definitivamente el sufrimiento nos acerca a la realidad tal como la intuye el común de los mediocres que dan vida a la némesis que todos tenemos que soportar con estoicidad, sin levantar mucho la voz ni transgredir el discurso oficial so pena de ser vistos como individuos sin madurez, sin objetividad, sin criterio. Así las cosas, todo queda en manos de la mayoría e indirectamente, de quien sea capaz de llevarse el gato al agua e inculcar en dicha mayoría un grado de desesperanza suficientemente creíble (por ejemplo, convirtiendo las buenas palabras en mentiras implícitas por definición) como para asumirlo como espectativa de futuro. Tal es el miedo que tenemos a la incertidumbre, tal el temor que nos produce vivir.
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Escrito por Yosi_ el lunes, 30 de marzo de 2009

Hay cosas que se pueden llegar a entender, pero otras muchas sencillamente no tienen sentido aún aplicando un grado de tolerancia insano. El hecho de que haya quien vea moralmente reprochable todo este tema del aborto y se posicione en contra a título personal es sencillamente una opción tan respetable como cualquiera siempre y cuando ninguna tercera persona se vea perjudicada por ella. Que una institución como la Iglesia Católica a estas alturas eleve el tono de la forma que lo hace es vergonzoso pero comprensible: no vamos a esperar que a estas alturas desarrollen un respeto que en más de dos mil años no han sido capaces de encontrar por ningun sitio, es algo utópico. Lo que de ninguna forma se puede comprender es que buena parte de la sociedad se alinee detrás de dicha institución por la sola motivación de defender sus colores políticos y hundir al adversario.

Generalmente, hasta que desafortunadamente el tema empezó a identificarse con la cara de ZP, la postura anti-abortista solía ir unida a una petición de responsabilidad a la hora de utilizar métodos anticonceptivos, centrando la crítica en aquellos casos en los que la interrupción del embarazo toma visos de negligencia por parte de los involucrados en el hecho. Pero desde que el clero se ha puesto a la cabeza de la situación con fuerzas renovadas, parece ser que un sector tristemente amplio de la población asiente ante todo lo que venga sellado con una cruz y un par de gaviotas.

Recordemos, para quien pueda pasar desapercibido, que para la Iglesia el "delito" se da desde el momento en el que se decide utilizar un método anticonceptivo, y que por tanto abortar solo implica retrasar el pecado implícito en el sexo siempre y cuando no vaya encaminado a aumentar la prole. Tal vez alguien debería preocuparse de escribir esto en letras bien grandes en la portada de algún medio nacional de esos que por un lado aplauden los despropósitos del Vaticano y por otro hacen negocio sistemáticamente a base de material con contenido erótico implícito o abiertamente pornográfico. Alinearse con esa determinada postura tiene unas connotaciones que a día de hoy nadie (al margen de quizá los sectores rancios del Opus Dei) está dispuesto a asumir: adoptar una escala de valores que nada tiene que ver con la sociedad actual, en la que el erotismo y el deseo sexual son neutralizados a base de prejuicios y mandatos sin base racional que el pueblo debe aceptar como dogma. Todo lo que no cumpla alguna de las anteriores premisas es considerado una ofensa a "Dios" para las personas que encabezan la movilización de caracter abiertamente político que trata por un lado de marcar los cauces del comportamiento social, y por otro de retomar el control a la hora de poner y quitar gobiernos forzando la influencia sobre el rebaño.

Francamente, dudo muchísimo que toda esa masa conservadora que vocea siguiendo el guión marcado por el ultracatolicismo esté dispuesta a renunciar a uno de los principales motores de su economía, y de no ser así tal vez deberíamos plantearnos hasta que punto llega la coherencia de ese discurso. Si se trata de apoyar dejando de lado las discrepancias para luchar por un interés común, lo realmente interesante es plantearse cuál es ese interés. No, no se trata de defender "el derecho a la vida", algo que, puestos a ello, se puede emprender de forma sencilla en muchos otros campos sin necesidad de forzar a otras personas a vivir como incubadoras a disposición de los jueces que señalan qué errores se pueden perdonar y cuáles no. Se está luchando contra una realidad que ha estado ahí durante más de 25 años, que ha soportado el paso de diversos gobiernos, y que a casi nadie interesaría con semejante ímpetu de no haber intereses políticos subyacentes.

Pero en fin, incluso en los discursos más esperpénticos pueden encontrarse puntos de consenso sobre los que llegar a un acuerdo parcial, y este caso no es una excepción. En lo que a mi respecta, estoy totalmente de acuerdo en que las hembras de Lince Ibérico tengan derecho a decidir acerca de su maternidad, ya era hora de que alguien pusiera el tema sobre la mesa sin complejos, con verdadero altruismo. Como debe ser.
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Escrito por Yosi_ el miércoles, 28 de enero de 2009

Parece que a estas alturas ya hace tiempo que pintan bastos. Y por si fuera poco, todo hace pensar que la cosa irá para largo. Es curioso, porque salvo pequeños cambios originados por las lógicas transiciones generacionales, el mundo es exactamente igual que hace 5 años, cuando al parecer occidente se situaba en la cresta de la ola. A modo de pasatiempo trato de buscar los factores que hacen que, lo que antes servía para dar trabajo y sustento a un determinado número de personas, hoy en día nos conduzca directamente hacia la debacle. No ha habido catástrofes naturales especialmente reseñables, la producción de alimentos se mantiene en niveles lógicos, el flujo de materias primas sigue un ritmo predecible, el tercer mundo se mantiene obediente bajo el yugo del primero, y sin embargo de la noche a la mañana todo parece ir mal. "No es tan sencillo", dirán algunos, "dénse cuenta de las caídas de las ventas en el sector inmobiliario, la reducción de empleos como consecuencia, etc, etc...". Apasionante, de verdad, el juego es apasionante, podría dar pie a una nueva versión del gran SimCity, pero apartemos un poco la mirada de las hilarantes peripecias de esa panda de bits y echemos un ojo al mundo real.

Me parece estupendo que ustedes se lo estén pasando tan bien haciendo fluctuar los numeritos, pero aquí y ahora la cosa va de alimentar a personas reales, tan reales que el día menos pensado pueden tomar conciencia de lo grotesco de la situación y hacer que todos nos pongamos un poco más serios. Porque digo yo que si anteayer aquí (que cada uno se sitúe donde quiera) había recursos básicos para asegurar la subsistencia de X millones de personas, a día de hoy tiene que seguir habiéndolos, ya que no ha habido una ruptura sustancial entre ambas proporciones. Y dado que la situación es así, dejen de provocarnos jaquecas hablando de situaciones difíciles con gesto resignado y angelical, porque la coyuntura es tan fácil o tan complicada como cuando todo eran sonrisas.

Invéntense otra forma de hacer la comedia, a bote pronto se me ocurre proponer que empecemos a justificar el reparto empleando billetes del monopoly, pero no nos digan que donde hubo capacidad para mantener a todos y además para que cientos de personas se llenaran los bolsillos hasta niveles absurdos a cuenta de la infinita permisividad de las masas, ya no queda suficiente para paliar las necesidades más urgentes del pueblo llano. No nos cuenten eso, porque además de no ser en absoluto creíble, es ofensivo y de muy mal gusto. Pero puestos a pagar, si realmente de un día para otro han perdido la capacidad de multiplicar los panes y los peces, que pague quien corresponde. Yo no me inventé su juego, no impuse las normas, ni siquiera llegó a parecerme nada más que una gran majadería fruto de mentes tan interesadas como inconscientes, justo lo que a la postre ha demostrado ser. Pero cuando se juega con las vidas de tanta gente que nunca tuvo el poder para decidir lo que estaba pasando, un error no se enmienda con un tímido "lo siento", ni aún cuando se diga de forma sincera, que no es el caso. Se echa en falta una claudicación sincera, se echa en falta un verdadero sentido de la responsabilidad, y la inteligencia para reconocer que estamos al final del camino que se empeñaron en trazar en nombre de todos. Pero sobre todo, como de costumbre, se anhela una reacción acorde a las circunstancias que devuelva la vergüenza a quienes ya se han demostrado incapaces de sentirla de forma espontánea.

En declaraciones recientes en televisión, el Presidente del Gobierno afirma que "hay que consumir", y lo hace sin despeinarse, sin palidecer, sin dar muestra alguna de estar consumiéndose en su propio descaro. Tal vez ese señor no se da cuenta de que nadie es tan sumamente estúpido como para no consumir lo que necesita si se le da la opción de hacerlo, o tal vez esta afirmando con toda la cara que esa patología endémica conocida como "consumismo", consistente en hacer uso y abuso de una cantidad de bienes muy por encima de las necesidades reales, es en realidad una especie de panacea totalmente deseable como buque insignia del progreso social. Para quien no vea lo grave del asunto, esto es algo así como empujarnos a la ludopatía, como sugerir que introducir monedas en máquinas tragaperras sin finalidad aparente supone una excelente forma de mover la riqueza a un ritmo suficientemente vertiginoso como para que nadie se de cuenta de lo que están haciendo con ella.

En el fondo eso es exactamente lo que pasa, nada más, y de hecho es precisamente eso lo que han estado pidiéndonos durante años empleando métodos más o menos ortodoxos. Ahora bien, el hecho de que un presidente teóricamente de izquierdas (ya ni siquiera me da la risa, lo siento), presunto adalid de la igualdad social, de la sostenibilidad, de la conciencia ecológica, aparezca en un gran medio de comunicación afirmando abiertamente que nos entreguemos a la fiebre de adquirir compulsivamente lo que no necesitamos, pone un punto y aparte en la carrera hacia la autodestrucción. Ya sólo nos quedan unas pocas pinceladas como colofón a tanta estupidez, supongo que, como siempre, será sólo cuestión de tiempo.
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Escrito por Yosi_ el sábado, 20 de diciembre de 2008

Hoy voy a contar una de esas historias que tanto seducen, inspiran e invitan a abandonarse en brazos de algún musculoso adalid con ínfulas de salvador definitivo, hoy toca una de superhéroes. Pero, siento decepcionar, no voy a centrarme en los inmaculados trajes de tejido sintético y ajustable, sino que pretendo adentrarme un poco más para descubrir qué tiene bajo la piel un mesías de andar por casa, moderno, atractivo e implacable. Y para acabar cuanto antes, lo justo es comenzar acotando el terreno, dejando claro en que área tenemos que buscar para encontrar rápidamente un modelo de conducta al que nos podamos ceñir para lograr de forma rápida y sencilla surcar tierra, mar y aire con mirada franca, ambiciosa, inalcanzable.

Hace unos cuantos siglos tendríamos que haber comenzado la investigación en el campo de batalla de un gran ejército, porque ahí se conocía a los verdaderos líderes. Algunos cientos de años más tarde, nuestro heróe habría empuñado una pluma, tal vez un pincel, o cualquier otra herramienta destinada a crear y transmitir arte y belleza. En tiempos aún más recientes, nos habríamos dejado fascinar por alguien capaz de llevar a cabo "milagros" científicos, casi siempre utilizados a posteriori con fines bélicos, pero a menudo acometidos con el afán de comprender otro pequeño fragmento de la enorme maquinaria que sostiene y genera la realidad observable. Hoy en día, y lo digo de forma casi literal, es obvio que nuestro individuo excepcional ha de estar ligado, junto con absolutamente todo lo demás, al mundo de la economía, y más concretamente ha de ser un "emprendedor de éxito".

Llegar a esta conclusión es sencillo: tanto da qué pretendas ser en la vida, a qué te dediques, que grado de excelencia hayas sido capaz de alcanzar en tus tareas, o qué forma hayas elegido para tratar de desarrollar tu potencial: nada de eso vale nada. Y me explico, porque claro está, ahora mismo podrían pasar por aquí decenas de personas defendiendo su percepción perfectamente demostrable (una vez más, casi siempre en términos económicos, directa o indirectamente) de que efectivamente, dedicándose a labores de lo más variopintas, han conseguido todo lo que deseaban. Y yo diría que sí, todo salvo una cosa: la posibilidad de tener su vida en sus manos, lo que en otros tiempos y en otros lugares se ha venido llamando "libertad".

Para aclarar conceptos, lo que se conoce como emprendedor, más allá de la definición que daría alguien ligado al mundillo, es un individuo que es capaz de cumplir estas sencillas premisas:
  • Analizar la sociedad para encontrar un área en la que exista o se pueda crear una determinada demanda de un producto o servicio.

  • Lanzarse a especular con dicha demanda, con frecuencia asumiendo un enorme riesgo inicial solamente justificable con una importante dosis de irreflexión e inconsciencia.

Para ello se requiere de un instinto que especialmente poseen los pícaros, aquellas personas no necesariamente inteligentes, pero sí capaces de perder a los demás en sus dobleces. Un modelo de conducta que responde a las características de lo tradicionalmente considerado como lacras sociales, individuos en manos del azar y la picaresca, a imagen y semejanza del conocido Buscón de la obra de Quevedo, que curiosamente en el pasado siempre se situaron en la base de la pirámide social, odiados por todos, sobreviviendo entre empujones, patadas y maldiciones, y que hoy por hoy representan la viva imagen del esfuerzo, del éxito indudablemente merecido, del motor que mueve al resto de la sociedad.

Y por supuesto semejante idea no es para nada casual, tanto es así que, o eres uno de ellos o estás a su servicio, y aunque en términos estadísticos representan una minoría absoluta que (por definición) apenas cubre a una pequeña parte de la población, el apoyo social que detentan es inmenso. No importa si eres uno de los máximos exponentes en tu sector, porque no vales lo que sabes, ni lo que eres capaz de hacer, vales exactamente lo que ellos consideran que deben valorarte. Y si decides protestar, levantar la voz, protestar ante la tiránica oligarquía de quienes dominan un mundo que empieza y acaba en lo meramente económico, la respuesta que invariablemente obtendrás es que olvides tus dotes, lo que realmente te llena, y te conviertas en un especialista en lo que únicamente importa, que seas un emprendedor. La disyuntiva, por tanto, engloba dos opciones: convertirte en un mercader de baja estofa o renunciar a ser el dueño de tu vida, de tus horarios, de tus posibilidades, de tí mismo.

Evidentemente no se puede esperar gran cosa de una sociedad cuyas puntas de lanza estan formadas por individuos con (en el mejor de los casos) un ojo puesto en su especialidad y otro en la bolsa del dinero, que a menudo cada vez exige más atención, mientras que el resto se delega en personas que desarrollan su labor según unas normas impuestas y recibiendo lo que sobra tras colmar la saca del superhéroe de turno. Esto implica que únicamente las actividades relacionadas con lo ecónomico terminan siendo llevadas a cabo por personas que actúan por iniciativa propia. El resto de los profesionales, los que deciden dedicarse en cuerpo y alma a su tarea, nunca pueden dar rienda suelta a su criterio, a sus ideas, son sólo empleados cumpliendo una jornada y unos objetivos previamente marcados, una vez más, por un "emprendedor".

Así las cosas, os aconsejo de todo corazón que si vuestro fin en esta vida es pareceros a esos miserables superhéroes y ostentar su embriaguez de grandeza social, los pasos a seguir consisten en abandonar cualquier cosa que esteis haciendo, olvidar el miedo, la precaución, incluso el sentido común, guardar los escrúpulos en el fondo del cajón más oscuro que tengais a mano, y comenzar cuanto antes a estudiar economía. Y entiéndaseme, por supuesto no me refiero a la ciencia, sino al juego de trileros que lleva el mismo nombre. Otra opción, claro está, sería cortarles la capa y tal vez algo más a toda esa panda de farsantes, pero para eso desafortunadamente aún somos muy pocos... aún.
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Escrito por Yosi_ el lunes, 10 de noviembre de 2008

Para la mayor parte de la sociedad del primer mundo, los métodos autoritarios con tintes absolutistas forman parte de una etapa perfectamente superada. Se trata de prácticas que solamente se pueden contemplar cara a cara en zonas más desfavorecidas, tan lejanas a nivel empático que prácticamente ya ni siquiera existen más allá de la ficción televisiva de la hora del telediario. Desde luego se trata de una idea arraigada pero muy discutible, porque es cierto y demostrable que en ocasiones dichos métodos aparecen de forma repentina tal vez en tu entorno más cercano, rompiendo el hielo de lo políticamente correcto para cumplir con su cometido y posteriormente volver a desaparecer en la insondable oscuridad que, maldades de la tecnología, las cámaras a sueldo son incapaces de esclarecer salvo que medie un error humano.

Pero bueno, no pretendo profundizar, en esa lucha ya hay un montón de gente mucho más cualificada que yo tanto a nivel físico (para soportar lo que pueda acarrear el simple hecho de apellidarse en euskera y vestir a rayas en un marco espacio-temporal inadecuado) como económico (por aquello de sufragar la frágil dignidad de quienes tienen dinero para costearse un abogado especialmente sensible a las "injurias"), y de cualquier forma resulta más evidente de lo que en un principio pueda parecer para cualquiera que levante la vista y decida mirar la realidad de frente. Por tanto, como iba diciendo, acomodémonos en el plácido punto de vista de las masas, viendo como desde mediados del siglo XX, punto álgido del autoritarismo europeo, los métodos de control de la población han ido evolucionando desde el tiro a bocajarro hasta la bella imagen del noble agente al servicio de la ciudadanía sugiriendo amable una pauta de comportamiento con una inmaculada sonrisa. Llenemos generosamente un recipiente con agua para tragarnos semejante bazofia socialdemócrata (sé que sólo intentarlo corta la respiración, pero se acaba tragando, creedme, hay cientos de "vivos" ejemplos de ello), y vamos a desgranar la cuestión tratando de ser optimistas, considerando como real lo que se nos pinta y analizando los resultados a partir de ello.

Empecemos por concretar los verdaderos objetivos de la represión, y más concretamente de la censura, por parte de cualquier sistema. A estas alturas se puede considerar casi una perogrullada que el control sobre las personas es totalmente inútil si ante todo no se pueden controlar las ideas, así que asumamos que todos los esfuerzos de un sistema eficaz en asuntos represivos (es decir, un sistema eficaz, a secas) deberán ir enfocados a limitar los movimientos de lo que los individuos piensen, no de los propios individuos en sí. Evidentemente es sencillo llegar a esta conclusión en el tiempo en el que vivimos; tal vez hace 70 años había cierta confianza en otro tipo de tesis, pero tras contemplar el inevitable fracaso de unos y el imprescindible reciclaje de otros queda claro cual es el buen camino.

Por tanto olvidémonos de los fusiles, de las pistolas, de los tanques que en otra época se creyeron útiles: aquí y ahora son sólo chatarra a emplear en situaciones puntuales, para nada un método universal para canalizar toda una sociedad, ya que el abuso suele terminar provocando precisamente el efecto inverso por eliminar individuos a un ritmo menor del que fortalece sus ideas. La sensación de libertad es una condición sine qua non para una censura realmente eficiente y duradera, ya que la necesidad de expresar y transmitir algo a menudo decrece considerablemente si te consideras con la posibilidad de hacerlo sin restricciones. El problema es lo complicado que resulta delimitar cuándo la libertad (de expresión en este caso) deja de ser una mera sensación buscada como medio para lograr oscuros fines represivos y se convierte en algo honesto y real.

Una aproximación eficaz podría consistir en limitarse a los efectos, dejar de lado lo que un individuo con voluntad puede o no puede hacer para centrarnos en los efectos reales que sus actos tengan a nivel social. ¿Cuál es la diferencia en el impacto que la opinión de un individuo de clase baja y mediana edad puede tener en el año 2008 frente al que tenía en el año 1950? No hay demasiada, el matiz es que efectivamente, hoy por hoy en general podrá hablar de lo que quiera, cosa que en ciertos momentos del pasado tal vez no fue posible, pero es casi seguro que prácticamente nadie va a escuchar lo que diga. Es posible que la sociedad haga uso de su suma de libertades individuales para pasar olímpicamente de él, y también puede ser que no utilice un altavoz con suficiente potencia. Es más, si dispusiera de él, el volumen de su voz resultaría tan estridente que todo el mundo se vería obligado a prestar atención. El tema del desigual reparto de "altavoces" da para mucho, porque digamos que el derecho a hablar no incluye el de disponer de los medios para ser escuchado salvo en casos muy particulares, así que lo que ayer era silenciado por una mordaza, hoy lo dispersa el vacío que siempre rodea a los de abajo.

Pero a pesar de todo, lo realmente paradójico es que vivimos en estamentos no estancos divididos en función de un nivel de riqueza que puede oscilar en base a diferentes criterios. Y precisamente, entre esos criterios, tal vez uno de los mas importantes sea el volumen de tu voz, o lo que es lo mismo, el nivel de popularidad que seas capaz de alcanzar. Por lo tanto, si nada tienes, nadie te escucha, y si nadie te escucha, nada tienes. Si por algún habilidoso método consigues llegar a un grupo numeroso de personas, te convertirás en un individuo mejor retribuido, con lo que pasarás a representar las opiniones, inquietudes y problemas de un nivel social distinto, y es muy posible que llegado el momento en el que además de tener la capacidad de hablar puedas hacer que se te oiga, ya no sientas la necesidad de decir las cosas que hubieras querido transmitir en los momentos más amargos, no por mala intención, sino porque ese tipo de vida ya te sea totalmente ajeno. El resultado de todo este rompecabezas es que las clases bajas jamás tienen voz propia, porque el proceso que implica conseguirla, también implica situarse en otra posición social.

¿Perfecto? No, evidentemente siempre hay particularidades que rompen el esquema, pero estoy convencido de que resulta mucho más eficaz que cincuenta tipos uniformados dando hostias en mitad de la plaza del pueblo. ¿Maquiavélico? Sin duda ateniéndonos al resultado, pero en este punto no esta de más echar una mirada a lo alto (no me ha dado la vena mística, salvo que el consejo de administración de un banco tenga atributos divinos, cosa cada día más cercana) y preguntarnos, "joder, ¿realmente son tan inteligentes ahí arriba?". No lo sé, pero de verdad, espero que no, espero estar equivocado.
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Escrito por Yosi_ el martes, 2 de septiembre de 2008

Por estas fechas, mientras los días se acortan, las colecciones por fascículos empiezan a salir hasta de debajo de las piedras y todos, quien más, quien menos, volvemos a la triste rutina cotidiana, es inevitable leer u oir, ya sea en la prensa diaria, en un blog o en el bar de la esquina, los tópicos comentarios sobre los males endémicos de este siglo: el estrés, la ansiedad, la depresión.

En este caso todo lo anterior adopta tintes "post-vacacionales" y la cuestión se simplifica achacando los males a esa situación transitoria entre la idílica temporada estival y el retorno a la cruda realidad, en algunos lugares dando al tema la importancia que merece (la de joder durante cierto periodo de tiempo la vida de millones de personas, ni más ni menos), y en otros, cada vez más, quitando hierro al asunto y atribuyéndolo al caracter implícitamente perezoso e irresponsable del español medio, que parece no querer darse cuenta de que la economía nacional depende de su sufrido sometimiento a la próspera empresa de turno.

Por otra parte, los supuestos profesionales en la materia zanjan el dilema arguyendo un completo cuadro clínico, tecnicismos incluidos, que como de costumbre aporta una descripción muy completa en cuanto a los síntomas, mientras que en lo relativo a las causas sigue nutriéndose (nada nuevo bajo el sol, máxime hablando del gremio de la psicología) de meras perogrulladas. Tras leer unas cuantas alusiones a la materia en lugares especializados (de dudosa credibilidad tal vez, discútamelo quien lo crea oportuno) puedo concluir que a grandes rasgos el origen del problema se resume en la vuelta a la disciplina laboral tras un periodo en "libertad". Curioso, más aún teniendo en cuenta que es la sesuda conclusión a la que los estudiados expertos llegan tras analizar el tema de forma pormenorizada. Personalmente más que un diagnóstico me parece una perfecta candidatura para un concurso de obviedades, pero en fin, tampoco es que sea lo más llamativo; todo esto es una nimiedad frente a la solución sugerida públicamente (ya que en mi vida he tenido el dudoso placer de asistir personalmente a resolver mis problemas a una consulta especializada) por los expertos: afrontar el problema de forma positiva, asumiendo el control de la situación y dando por hecho que siempre podremos engañarnos hasta que las cosas sean como nosotros queramos verlas. Bueno, técnicamente ni siquiera es así, porque la mayor parte de las veces se afirma a la ligera que la visión negativa es objetivamente incorrecta y por ello se debe modificar. Formas de convencer o de mentir al personal... por su bien, eso sí.

Francamente a estas alturas a mi todo esto me parece un descarado secreto a voces. Lo siento pero no me creo que de la noche a la mañana un porcentaje tan elevado de la población pierda el norte y se dedique a hacerse tétricas representaciones falseadas de su realidad cotidiana. Tampoco creo que el problema radique en que todos seamos una panda de vagos. Porque de hecho ni siquiera creo que sea un problema. Es algo comunmente aceptado que las cosas se suelen juzgar con mayor acierto cuando se pueden examinar con una cierta perspectiva, así que me vais a permitir afirmar que si alguien tras quince días lejos de su rutina, sus responsabilidades, y en definitiva, de su vida tal y como es 350 días al año, percibe que todo eso no merece la pena y que constituye un motivo de peso para sentirse muy mal y en ocasiones incluso llegar a extremos más drásticos, tal vez sea porque efectivamente es así. Y desde luego asumiendo esta premisa como válida y siguiendo mi linea de pensamiento, que para bien o para mal me empuja a tratar de resolver los problemas de raíz, me atrevería a sugerir que la solución no pasa por agachar la cabeza y tragar hasta volver a adaptarse (verdaderamente, ¡que increíble y grotesca es la capacidad de adaptación del ser humano!) y ser capaz de convivir con ello. Tal vez porque veo la patología no en la lógica reacción de quien reniega de su deplorable situación, sino en el gris individuo que unos días después vuelve al redil con una sonrisa en la cara.

Aceptemos la situación, es muy obvia: todo esto tiene que pasar. La cotidianeidad del ciudadano medio es un infierno a nivel psicólogico y lo verdaderamente extraño es que en términos generales seamos capaces de aguantar durante la mayor parte del tiempo los niveles de autodisciplina que nos "sugieren" sin tocar fondo y decir basta, máxime cuando todo esto ocurre mientras somos perfectamente conscientes de que el fin último de tanto sometimiento sin sentido consiste en que determinados individuos conviertan en su rutina un estatus desproporcionadamente por encima de un nivel de vida razonable desde cualquier punto de vista. Se podrá apelar a la voluntad y a la capacidad de trabajo del personal el día en que realmente cada sacrificio responda a una verdadera necesidad palpable, pero mientras sigamos siendo conscientes de que cada hora de dedicación a esa actividad que nos amarga la vida responde únicamente a las necesidades creadas por una industria con el único fin de ser más competitiva dentro de un mercado construido a base de humo y sostenido con la energía vital de quienes se dejan todo en él a cambio de nada, creo que nadie tiene autoridad para levantar la voz y hablar de pereza, de irresponsabilidad, ni de falta de compromiso. Y por supuesto, mucho menos para tachar de enfermedad los pocos ratos de lucidez que ciertas personas se atreven a percibir cada vez que toman cierta distancia frente a esta absurda vorágine de producción y consumo sin freno que inexorablemente nos conduce a la autodestrucción. No, no estamos locos, aunque quizá no tengamos la valentía suficiente como para asumir las consecuencias de estas fugaces y crueles ráfagas de extremada cordura.
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