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Harto de ser lo que se espera, harto de hilar para sentirme inteligente... 
Escrito por Yosi_ el miércoles, 28 de enero de 2009

Parece que a estas alturas ya hace tiempo que pintan bastos. Y por si fuera poco, todo hace pensar que la cosa irá para largo. Es curioso, porque salvo pequeños cambios originados por las lógicas transiciones generacionales, el mundo es exactamente igual que hace 5 años, cuando al parecer occidente se situaba en la cresta de la ola. A modo de pasatiempo trato de buscar los factores que hacen que, lo que antes servía para dar trabajo y sustento a un determinado número de personas, hoy en día nos conduzca directamente hacia la debacle. No ha habido catástrofes naturales especialmente reseñables, la producción de alimentos se mantiene en niveles lógicos, el flujo de materias primas sigue un ritmo predecible, el tercer mundo se mantiene obediente bajo el yugo del primero, y sin embargo de la noche a la mañana todo parece ir mal. "No es tan sencillo", dirán algunos, "dénse cuenta de las caídas de las ventas en el sector inmobiliario, la reducción de empleos como consecuencia, etc, etc...". Apasionante, de verdad, el juego es apasionante, podría dar pie a una nueva versión del gran SimCity, pero apartemos un poco la mirada de las hilarantes peripecias de esa panda de bits y echemos un ojo al mundo real.

Me parece estupendo que ustedes se lo estén pasando tan bien haciendo fluctuar los numeritos, pero aquí y ahora la cosa va de alimentar a personas reales, tan reales que el día menos pensado pueden tomar conciencia de lo grotesco de la situación y hacer que todos nos pongamos un poco más serios. Porque digo yo que si anteayer aquí (que cada uno se sitúe donde quiera) había recursos básicos para asegurar la subsistencia de X millones de personas, a día de hoy tiene que seguir habiéndolos, ya que no ha habido una ruptura sustancial entre ambas proporciones. Y dado que la situación es así, dejen de provocarnos jaquecas hablando de situaciones difíciles con gesto resignado y angelical, porque la coyuntura es tan fácil o tan complicada como cuando todo eran sonrisas.

Invéntense otra forma de hacer la comedia, a bote pronto se me ocurre proponer que empecemos a justificar el reparto empleando billetes del monopoly, pero no nos digan que donde hubo capacidad para mantener a todos y además para que cientos de personas se llenaran los bolsillos hasta niveles absurdos a cuenta de la infinita permisividad de las masas, ya no queda suficiente para paliar las necesidades más urgentes del pueblo llano. No nos cuenten eso, porque además de no ser en absoluto creíble, es ofensivo y de muy mal gusto. Pero puestos a pagar, si realmente de un día para otro han perdido la capacidad de multiplicar los panes y los peces, que pague quien corresponde. Yo no me inventé su juego, no impuse las normas, ni siquiera llegó a parecerme nada más que una gran majadería fruto de mentes tan interesadas como inconscientes, justo lo que a la postre ha demostrado ser. Pero cuando se juega con las vidas de tanta gente que nunca tuvo el poder para decidir lo que estaba pasando, un error no se enmienda con un tímido "lo siento", ni aún cuando se diga de forma sincera, que no es el caso. Se echa en falta una claudicación sincera, se echa en falta un verdadero sentido de la responsabilidad, y la inteligencia para reconocer que estamos al final del camino que se empeñaron en trazar en nombre de todos. Pero sobre todo, como de costumbre, se anhela una reacción acorde a las circunstancias que devuelva la vergüenza a quienes ya se han demostrado incapaces de sentirla de forma espontánea.

En declaraciones recientes en televisión, el Presidente del Gobierno afirma que "hay que consumir", y lo hace sin despeinarse, sin palidecer, sin dar muestra alguna de estar consumiéndose en su propio descaro. Tal vez ese señor no se da cuenta de que nadie es tan sumamente estúpido como para no consumir lo que necesita si se le da la opción de hacerlo, o tal vez esta afirmando con toda la cara que esa patología endémica conocida como "consumismo", consistente en hacer uso y abuso de una cantidad de bienes muy por encima de las necesidades reales, es en realidad una especie de panacea totalmente deseable como buque insignia del progreso social. Para quien no vea lo grave del asunto, esto es algo así como empujarnos a la ludopatía, como sugerir que introducir monedas en máquinas tragaperras sin finalidad aparente supone una excelente forma de mover la riqueza a un ritmo suficientemente vertiginoso como para que nadie se de cuenta de lo que están haciendo con ella.

En el fondo eso es exactamente lo que pasa, nada más, y de hecho es precisamente eso lo que han estado pidiéndonos durante años empleando métodos más o menos ortodoxos. Ahora bien, el hecho de que un presidente teóricamente de izquierdas (ya ni siquiera me da la risa, lo siento), presunto adalid de la igualdad social, de la sostenibilidad, de la conciencia ecológica, aparezca en un gran medio de comunicación afirmando abiertamente que nos entreguemos a la fiebre de adquirir compulsivamente lo que no necesitamos, pone un punto y aparte en la carrera hacia la autodestrucción. Ya sólo nos quedan unas pocas pinceladas como colofón a tanta estupidez, supongo que, como siempre, será sólo cuestión de tiempo.
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Escrito por Yosi_ el sábado, 20 de diciembre de 2008

Hoy voy a contar una de esas historias que tanto seducen, inspiran e invitan a abandonarse en brazos de algún musculoso adalid con ínfulas de salvador definitivo, hoy toca una de superhéroes. Pero, siento decepcionar, no voy a centrarme en los inmaculados trajes de tejido sintético y ajustable, sino que pretendo adentrarme un poco más para descubrir qué tiene bajo la piel un mesías de andar por casa, moderno, atractivo e implacable. Y para acabar cuanto antes, lo justo es comenzar acotando el terreno, dejando claro en que área tenemos que buscar para encontrar rápidamente un modelo de conducta al que nos podamos ceñir para lograr de forma rápida y sencilla surcar tierra, mar y aire con mirada franca, ambiciosa, inalcanzable.

Hace unos cuantos siglos tendríamos que haber comenzado la investigación en el campo de batalla de un gran ejército, porque ahí se conocía a los verdaderos líderes. Algunos cientos de años más tarde, nuestro heróe habría empuñado una pluma, tal vez un pincel, o cualquier otra herramienta destinada a crear y transmitir arte y belleza. En tiempos aún más recientes, nos habríamos dejado fascinar por alguien capaz de llevar a cabo "milagros" científicos, casi siempre utilizados a posteriori con fines bélicos, pero a menudo acometidos con el afán de comprender otro pequeño fragmento de la enorme maquinaria que sostiene y genera la realidad observable. Hoy en día, y lo digo de forma casi literal, es obvio que nuestro individuo excepcional ha de estar ligado, junto con absolutamente todo lo demás, al mundo de la economía, y más concretamente ha de ser un "emprendedor de éxito".

Llegar a esta conclusión es sencillo: tanto da qué pretendas ser en la vida, a qué te dediques, que grado de excelencia hayas sido capaz de alcanzar en tus tareas, o qué forma hayas elegido para tratar de desarrollar tu potencial: nada de eso vale nada. Y me explico, porque claro está, ahora mismo podrían pasar por aquí decenas de personas defendiendo su percepción perfectamente demostrable (una vez más, casi siempre en términos económicos, directa o indirectamente) de que efectivamente, dedicándose a labores de lo más variopintas, han conseguido todo lo que deseaban. Y yo diría que sí, todo salvo una cosa: la posibilidad de tener su vida en sus manos, lo que en otros tiempos y en otros lugares se ha venido llamando "libertad".

Para aclarar conceptos, lo que se conoce como emprendedor, más allá de la definición que daría alguien ligado al mundillo, es un individuo que es capaz de cumplir estas sencillas premisas:
  • Analizar la sociedad para encontrar un área en la que exista o se pueda crear una determinada demanda de un producto o servicio.

  • Lanzarse a especular con dicha demanda, con frecuencia asumiendo un enorme riesgo inicial solamente justificable con una importante dosis de irreflexión e inconsciencia.

Para ello se requiere de un instinto que especialmente poseen los pícaros, aquellas personas no necesariamente inteligentes, pero sí capaces de perder a los demás en sus dobleces. Un modelo de conducta que responde a las características de lo tradicionalmente considerado como lacras sociales, individuos en manos del azar y la picaresca, a imagen y semejanza del conocido Buscón de la obra de Quevedo, que curiosamente en el pasado siempre se situaron en la base de la pirámide social, odiados por todos, sobreviviendo entre empujones, patadas y maldiciones, y que hoy por hoy representan la viva imagen del esfuerzo, del éxito indudablemente merecido, del motor que mueve al resto de la sociedad.

Y por supuesto semejante idea no es para nada casual, tanto es así que, o eres uno de ellos o estás a su servicio, y aunque en términos estadísticos representan una minoría absoluta que (por definición) apenas cubre a una pequeña parte de la población, el apoyo social que detentan es inmenso. No importa si eres uno de los máximos exponentes en tu sector, porque no vales lo que sabes, ni lo que eres capaz de hacer, vales exactamente lo que ellos consideran que deben valorarte. Y si decides protestar, levantar la voz, protestar ante la tiránica oligarquía de quienes dominan un mundo que empieza y acaba en lo meramente económico, la respuesta que invariablemente obtendrás es que olvides tus dotes, lo que realmente te llena, y te conviertas en un especialista en lo que únicamente importa, que seas un emprendedor. La disyuntiva, por tanto, engloba dos opciones: convertirte en un mercader de baja estofa o renunciar a ser el dueño de tu vida, de tus horarios, de tus posibilidades, de tí mismo.

Evidentemente no se puede esperar gran cosa de una sociedad cuyas puntas de lanza estan formadas por individuos con (en el mejor de los casos) un ojo puesto en su especialidad y otro en la bolsa del dinero, que a menudo cada vez exige más atención, mientras que el resto se delega en personas que desarrollan su labor según unas normas impuestas y recibiendo lo que sobra tras colmar la saca del superhéroe de turno. Esto implica que únicamente las actividades relacionadas con lo ecónomico terminan siendo llevadas a cabo por personas que actúan por iniciativa propia. El resto de los profesionales, los que deciden dedicarse en cuerpo y alma a su tarea, nunca pueden dar rienda suelta a su criterio, a sus ideas, son sólo empleados cumpliendo una jornada y unos objetivos previamente marcados, una vez más, por un "emprendedor".

Así las cosas, os aconsejo de todo corazón que si vuestro fin en esta vida es pareceros a esos miserables superhéroes y ostentar su embriaguez de grandeza social, los pasos a seguir consisten en abandonar cualquier cosa que esteis haciendo, olvidar el miedo, la precaución, incluso el sentido común, guardar los escrúpulos en el fondo del cajón más oscuro que tengais a mano, y comenzar cuanto antes a estudiar economía. Y entiéndaseme, por supuesto no me refiero a la ciencia, sino al juego de trileros que lleva el mismo nombre. Otra opción, claro está, sería cortarles la capa y tal vez algo más a toda esa panda de farsantes, pero para eso desafortunadamente aún somos muy pocos... aún.
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Escrito por Yosi_ el lunes, 10 de noviembre de 2008

Para la mayor parte de la sociedad del primer mundo, los métodos autoritarios con tintes absolutistas forman parte de una etapa perfectamente superada. Se trata de prácticas que solamente se pueden contemplar cara a cara en zonas más desfavorecidas, tan lejanas a nivel empático que prácticamente ya ni siquiera existen más allá de la ficción televisiva de la hora del telediario. Desde luego se trata de una idea arraigada pero muy discutible, porque es cierto y demostrable que en ocasiones dichos métodos aparecen de forma repentina tal vez en tu entorno más cercano, rompiendo el hielo de lo políticamente correcto para cumplir con su cometido y posteriormente volver a desaparecer en la insondable oscuridad que, maldades de la tecnología, las cámaras a sueldo son incapaces de esclarecer salvo que medie un error humano.

Pero bueno, no pretendo profundizar, en esa lucha ya hay un montón de gente mucho más cualificada que yo tanto a nivel físico (para soportar lo que pueda acarrear el simple hecho de apellidarse en euskera y vestir a rayas en un marco espacio-temporal inadecuado) como económico (por aquello de sufragar la frágil dignidad de quienes tienen dinero para costearse un abogado especialmente sensible a las "injurias"), y de cualquier forma resulta más evidente de lo que en un principio pueda parecer para cualquiera que levante la vista y decida mirar la realidad de frente. Por tanto, como iba diciendo, acomodémonos en el plácido punto de vista de las masas, viendo como desde mediados del siglo XX, punto álgido del autoritarismo europeo, los métodos de control de la población han ido evolucionando desde el tiro a bocajarro hasta la bella imagen del noble agente al servicio de la ciudadanía sugiriendo amable una pauta de comportamiento con una inmaculada sonrisa. Llenemos generosamente un recipiente con agua para tragarnos semejante bazofia socialdemócrata (sé que sólo intentarlo corta la respiración, pero se acaba tragando, creedme, hay cientos de "vivos" ejemplos de ello), y vamos a desgranar la cuestión tratando de ser optimistas, considerando como real lo que se nos pinta y analizando los resultados a partir de ello.

Empecemos por concretar los verdaderos objetivos de la represión, y más concretamente de la censura, por parte de cualquier sistema. A estas alturas se puede considerar casi una perogrullada que el control sobre las personas es totalmente inútil si ante todo no se pueden controlar las ideas, así que asumamos que todos los esfuerzos de un sistema eficaz en asuntos represivos (es decir, un sistema eficaz, a secas) deberán ir enfocados a limitar los movimientos de lo que los individuos piensen, no de los propios individuos en sí. Evidentemente es sencillo llegar a esta conclusión en el tiempo en el que vivimos; tal vez hace 70 años había cierta confianza en otro tipo de tesis, pero tras contemplar el inevitable fracaso de unos y el imprescindible reciclaje de otros queda claro cual es el buen camino.

Por tanto olvidémonos de los fusiles, de las pistolas, de los tanques que en otra época se creyeron útiles: aquí y ahora son sólo chatarra a emplear en situaciones puntuales, para nada un método universal para canalizar toda una sociedad, ya que el abuso suele terminar provocando precisamente el efecto inverso por eliminar individuos a un ritmo menor del que fortalece sus ideas. La sensación de libertad es una condición sine qua non para una censura realmente eficiente y duradera, ya que la necesidad de expresar y transmitir algo a menudo decrece considerablemente si te consideras con la posibilidad de hacerlo sin restricciones. El problema es lo complicado que resulta delimitar cuándo la libertad (de expresión en este caso) deja de ser una mera sensación buscada como medio para lograr oscuros fines represivos y se convierte en algo honesto y real.

Una aproximación eficaz podría consistir en limitarse a los efectos, dejar de lado lo que un individuo con voluntad puede o no puede hacer para centrarnos en los efectos reales que sus actos tengan a nivel social. ¿Cuál es la diferencia en el impacto que la opinión de un individuo de clase baja y mediana edad puede tener en el año 2008 frente al que tenía en el año 1950? No hay demasiada, el matiz es que efectivamente, hoy por hoy en general podrá hablar de lo que quiera, cosa que en ciertos momentos del pasado tal vez no fue posible, pero es casi seguro que prácticamente nadie va a escuchar lo que diga. Es posible que la sociedad haga uso de su suma de libertades individuales para pasar olímpicamente de él, y también puede ser que no utilice un altavoz con suficiente potencia. Es más, si dispusiera de él, el volumen de su voz resultaría tan estridente que todo el mundo se vería obligado a prestar atención. El tema del desigual reparto de "altavoces" da para mucho, porque digamos que el derecho a hablar no incluye el de disponer de los medios para ser escuchado salvo en casos muy particulares, así que lo que ayer era silenciado por una mordaza, hoy lo dispersa el vacío que siempre rodea a los de abajo.

Pero a pesar de todo, lo realmente paradójico es que vivimos en estamentos no estancos divididos en función de un nivel de riqueza que puede oscilar en base a diferentes criterios. Y precisamente, entre esos criterios, tal vez uno de los mas importantes sea el volumen de tu voz, o lo que es lo mismo, el nivel de popularidad que seas capaz de alcanzar. Por lo tanto, si nada tienes, nadie te escucha, y si nadie te escucha, nada tienes. Si por algún habilidoso método consigues llegar a un grupo numeroso de personas, te convertirás en un individuo mejor retribuido, con lo que pasarás a representar las opiniones, inquietudes y problemas de un nivel social distinto, y es muy posible que llegado el momento en el que además de tener la capacidad de hablar puedas hacer que se te oiga, ya no sientas la necesidad de decir las cosas que hubieras querido transmitir en los momentos más amargos, no por mala intención, sino porque ese tipo de vida ya te sea totalmente ajeno. El resultado de todo este rompecabezas es que las clases bajas jamás tienen voz propia, porque el proceso que implica conseguirla, también implica situarse en otra posición social.

¿Perfecto? No, evidentemente siempre hay particularidades que rompen el esquema, pero estoy convencido de que resulta mucho más eficaz que cincuenta tipos uniformados dando hostias en mitad de la plaza del pueblo. ¿Maquiavélico? Sin duda ateniéndonos al resultado, pero en este punto no esta de más echar una mirada a lo alto (no me ha dado la vena mística, salvo que el consejo de administración de un banco tenga atributos divinos, cosa cada día más cercana) y preguntarnos, "joder, ¿realmente son tan inteligentes ahí arriba?". No lo sé, pero de verdad, espero que no, espero estar equivocado.
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Escrito por Yosi_ el martes, 2 de septiembre de 2008

Por estas fechas, mientras los días se acortan, las colecciones por fascículos empiezan a salir hasta de debajo de las piedras y todos, quien más, quien menos, volvemos a la triste rutina cotidiana, es inevitable leer u oir, ya sea en la prensa diaria, en un blog o en el bar de la esquina, los tópicos comentarios sobre los males endémicos de este siglo: el estrés, la ansiedad, la depresión.

En este caso todo lo anterior adopta tintes "post-vacacionales" y la cuestión se simplifica achacando los males a esa situación transitoria entre la idílica temporada estival y el retorno a la cruda realidad, en algunos lugares dando al tema la importancia que merece (la de joder durante cierto periodo de tiempo la vida de millones de personas, ni más ni menos), y en otros, cada vez más, quitando hierro al asunto y atribuyéndolo al caracter implícitamente perezoso e irresponsable del español medio, que parece no querer darse cuenta de que la economía nacional depende de su sufrido sometimiento a la próspera empresa de turno.

Por otra parte, los supuestos profesionales en la materia zanjan el dilema arguyendo un completo cuadro clínico, tecnicismos incluidos, que como de costumbre aporta una descripción muy completa en cuanto a los síntomas, mientras que en lo relativo a las causas sigue nutriéndose (nada nuevo bajo el sol, máxime hablando del gremio de la psicología) de meras perogrulladas. Tras leer unas cuantas alusiones a la materia en lugares especializados (de dudosa credibilidad tal vez, discútamelo quien lo crea oportuno) puedo concluir que a grandes rasgos el origen del problema se resume en la vuelta a la disciplina laboral tras un periodo en "libertad". Curioso, más aún teniendo en cuenta que es la sesuda conclusión a la que los estudiados expertos llegan tras analizar el tema de forma pormenorizada. Personalmente más que un diagnóstico me parece una perfecta candidatura para un concurso de obviedades, pero en fin, tampoco es que sea lo más llamativo; todo esto es una nimiedad frente a la solución sugerida públicamente (ya que en mi vida he tenido el dudoso placer de asistir personalmente a resolver mis problemas a una consulta especializada) por los expertos: afrontar el problema de forma positiva, asumiendo el control de la situación y dando por hecho que siempre podremos engañarnos hasta que las cosas sean como nosotros queramos verlas. Bueno, técnicamente ni siquiera es así, porque la mayor parte de las veces se afirma a la ligera que la visión negativa es objetivamente incorrecta y por ello se debe modificar. Formas de convencer o de mentir al personal... por su bien, eso sí.

Francamente a estas alturas a mi todo esto me parece un descarado secreto a voces. Lo siento pero no me creo que de la noche a la mañana un porcentaje tan elevado de la población pierda el norte y se dedique a hacerse tétricas representaciones falseadas de su realidad cotidiana. Tampoco creo que el problema radique en que todos seamos una panda de vagos. Porque de hecho ni siquiera creo que sea un problema. Es algo comunmente aceptado que las cosas se suelen juzgar con mayor acierto cuando se pueden examinar con una cierta perspectiva, así que me vais a permitir afirmar que si alguien tras quince días lejos de su rutina, sus responsabilidades, y en definitiva, de su vida tal y como es 350 días al año, percibe que todo eso no merece la pena y que constituye un motivo de peso para sentirse muy mal y en ocasiones incluso llegar a extremos más drásticos, tal vez sea porque efectivamente es así. Y desde luego asumiendo esta premisa como válida y siguiendo mi linea de pensamiento, que para bien o para mal me empuja a tratar de resolver los problemas de raíz, me atrevería a sugerir que la solución no pasa por agachar la cabeza y tragar hasta volver a adaptarse (verdaderamente, ¡que increíble y grotesca es la capacidad de adaptación del ser humano!) y ser capaz de convivir con ello. Tal vez porque veo la patología no en la lógica reacción de quien reniega de su deplorable situación, sino en el gris individuo que unos días después vuelve al redil con una sonrisa en la cara.

Aceptemos la situación, es muy obvia: todo esto tiene que pasar. La cotidianeidad del ciudadano medio es un infierno a nivel psicólogico y lo verdaderamente extraño es que en términos generales seamos capaces de aguantar durante la mayor parte del tiempo los niveles de autodisciplina que nos "sugieren" sin tocar fondo y decir basta, máxime cuando todo esto ocurre mientras somos perfectamente conscientes de que el fin último de tanto sometimiento sin sentido consiste en que determinados individuos conviertan en su rutina un estatus desproporcionadamente por encima de un nivel de vida razonable desde cualquier punto de vista. Se podrá apelar a la voluntad y a la capacidad de trabajo del personal el día en que realmente cada sacrificio responda a una verdadera necesidad palpable, pero mientras sigamos siendo conscientes de que cada hora de dedicación a esa actividad que nos amarga la vida responde únicamente a las necesidades creadas por una industria con el único fin de ser más competitiva dentro de un mercado construido a base de humo y sostenido con la energía vital de quienes se dejan todo en él a cambio de nada, creo que nadie tiene autoridad para levantar la voz y hablar de pereza, de irresponsabilidad, ni de falta de compromiso. Y por supuesto, mucho menos para tachar de enfermedad los pocos ratos de lucidez que ciertas personas se atreven a percibir cada vez que toman cierta distancia frente a esta absurda vorágine de producción y consumo sin freno que inexorablemente nos conduce a la autodestrucción. No, no estamos locos, aunque quizá no tengamos la valentía suficiente como para asumir las consecuencias de estas fugaces y crueles ráfagas de extremada cordura.
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Escrito por Yosi_ el sábado, 23 de agosto de 2008

Nadie dijo que las cosas fuesen fáciles, pero en ocasiones llegan a rayar el absurdo. Soy perfectamente consciente de que ha habido cientos de ancianos con larga barba blanca que desde tiempos inmemoriales han venido advirtiendo de las enormes complicaciones de vivir rodeado de otras personas, tratando con mayor o menor éxito de comprender lo que se nos pasa por la cabeza y dar la receta mágica de la felicidad, pero con frecuencia preferimos no darnos cuenta de ello, simplificar las cosas y creerlas bajo control dentro de un mundo absolutamente caótico.

La realidad, claro está, no responde a esos ridículos intentos de poner orden donde no puede haberlo; sencillamente un día despiertas y, frente a la cuestión mas irrelevante que se te pueda ocurrir, contemplas como la montaña de autosuficiencia que habitualmente utilizas para protegerte de todo se hunde en el pozo de la más despreciable mediocridad, y tras eso no queda ninguna opción salvo enfrentarse a pecho descubierto con la enorme deuda contraída con el mundo real tras tanto tiempo de indiferente observación desde la barrera. Evidentemente nadie con dos dedos de frente se plantea que después de eso seguir huyendo sea una posibilidad aconsejable, pero desde luego enfrentarse a ello no debería ser un sinónimo de aceptarlo como inevitable, mucho menos aún de interiorizarlo y evitar una respuesta apropiada.

Para bien o para mal algunos tenemos como costumbre buscar infatigablemente las causas de todos los efectos, desde los más cotidianos hasta los verdaderamente trascendentales, y muy a menudo se encuentran precisamente en los lugares en los que menos desearíamos hallarlas. Gajes del oficio, en cualquier caso mejor eso que la incertidumbre, pero en este caso la raíz del problema se me antoja especialmente descorazonadora... Básicamente hay dos tipos de problemas, los que nosotros mismos nos creamos (que por lo general igualmente podemos resolver con más o menos empeño), y los que vienen incluidos en las crueles bromas que el destino tiene a bien dispensar con cierta periodicidad. Y en fin, se que términos tan metafísicos como ese "destino" parecen un poco fuera de lugar dentro de lo que podría considerarse un intento de análisis racional, pero me veo obligado a usarlo para marcar una categoría sin tener que recurrir a la sociedad, al Estado, a "ellos" (gran recurso, pero demasiado vacío para hoy), al Gran Hermano o a la puta madre que los parió a todos.

Porque no se trata de delegar culpas y ponerse cómodos, sino de agachar la cabeza e ir poco a poco masticando lo que a cada uno nos toca. Vivimos en una sociedad enferma, es cierto, pero lo está gracias a todos los individuos que la forman y no hacen (tal vez hacemos) absolutamente nada por cambiarla. Hemos ido decayendo desde un punto indeterminado (que intuyo no podía estar más abajo que en la actualidad) y nos precipitamos en un abismo de mezquindad en el que incluso los más pretenciosos en la materia a estas alturas sólo somos capaces de relacionarnos en base a criterios de egoismo y febril competitividad, dicho este último término con las peores connotaciones que jamás a alguien se le hayan podido ocurrir.

La realidad, esa a la que insultamos de forma cotidiana y frente a la que generalmente volvemos la cabeza, es que nos hemos construido un gigantesco castillo de relaciones basadas en cimientos de frustración y mala hostia que inexorablemente, a unos antes, a otros después, se nos acaba viniendo encima entre estrepitosas dosis de realismo. La buena noticia es que una vez te has dado cuenta hay pocos golpes que verdaderamente sorprendan. La mala es que casi siempre es demasiado tarde para reconstruirlo, y con demasiada frecuencia te ves obligado a hacer una hoguera entre las ruinas y esperar que la noche no sea demasiado fría.
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Escrito por Yosi_ el lunes, 14 de julio de 2008

Ultimamente, a raiz del ensordecedor nivel de ruido patriótico generado por los "éxitos" deportivos (o debería decir futbolísticos, de forma sutilmente excluyente) de la representación española del único deporte que realmente nos importa, hemos vivido un renacer del sentimiento nacional que durante bastante tiempo pareció adormecido, desperezado solamente durante los minutos del odio dedicados en exclusiva a la demonización de los nacionalismos periféricos.

Por fin, tras las sucesivas muestras de mediocridad que hacían muy difícil cuando no imposible pintarse la frente de amarillo y rojo y salir a la calle a vociferar consignas agresivas cual ganado embrutecido, por fin hemos encontrado una razón para sentirnos orgullosos de nosotros mismos, siempre de forma grosera, indigna, haciendo sangre de la debilidad ajena mientras cerramos los ojos ante nuestras propias miserias, con frecuencia mucho mayores que las de quienes saben callarse la boca a tiempo sin recurrir a las consignas infantiles que hacen fortuna en el circo mediático patrio.

Y coincidiendo con toda esta avalancha de malvados catetos abanderados no puedo dejar de comentar el artículo -muy relacionado con este tema- escrito hace tiempo por el señor Perez Reverte, que en varios sitios se ha puesto de plena actualidad ante la necesidad de varios sectores de justificar su actitud a la hora de pasear la rojigualda. Es natural que siempre que se habla de este tema se acabe sacando a colación el franquismo y su entorno, ya que sin duda se trata de un argumento muy cómodo (casi tanto como falaz) a la hora de tachar de ignorantes y simplistas a todos aquellos que tratan de oponerse por unas u otras razones a una determinada simbología. A todos esos señores con pretensiones de imponer un sentimiento mediante la coacción intelectual les diría que esto no se trata de una cuestión histórica, porque nunca debería conferirse al pasado la capacidad para determinar el futuro; tanto da que el trapito tenga uno o diez siglos, que lo hayan ondeado grandes personalidades o grandísimos hijos de puta (lo cual dependiendo del sentido de la expresión puede y a menudo resulta ser coincidente). Todo se reduce a la vergonzante evidencia de que todo símbolo tiene un significado determinado, y la historia de dicho símbolo puede y debe utilizarse para conocer las razones que expliquen como ha llegado a ser lo que es, pero en ningún caso para convertirlo en lo que deseemos que sea. Respecto al tema que nos ocupa y pese a quien pese, la consabida bandera rojigualda ha evolucionado como icono a lo largo de la historia, y por unas razones o por otras ha llegado a convertirse en la representación de un organismo de poder que gobierna sobre un territorio, y de forma secundaria en la ostentación y exaltación de una determinada serie de sentimientos colectivos, en ocasiones inocuos y en otras a cual más mezquino.

Por supuesto que en ningún caso se debería descalificar a nadie por portar un símbolo más allá de la intencionalidad con la que se exhiba, pero no creo que pueda culparse a nadie por relacionar una farmacia con una cruz verde, o una esvastica con un cabrón bajito y bigotudo (por mucho que tenga connotaciones muchísimo más nobles, qué le vamos a hacer, es comprensible). Sin embargo no faltan los columnistas con aire castrense que a la mínima tratan de abalanzarse sobre el incauto ciudadano de a pie exclamando "¡blasfemia!", lamentándose de lo poco que se valora la patria y achacándolo, como no puede ser de otra forma, al bajo nivel cultural de la plebe. La cuestión es que, como en el artículo del académico que nos ocupa, es frecuente que quien se autocalifica de patriota se confiera la capacidad de quedarse a gusto maldiciendo a sus paisanos, a los políticos que los gobiernan, a los empresarios que los explotan y a la madre que lo parió. Pero eso sí, rubricando todo ello con unos cuantos kilos de orgullo español en estado puro que dan licencia para cagarse en absolutamente todo.

Al parecer todo se reduce al delirio rancio e inexistente de las mentes ultraconservadoras que se niegan a admitir que el mundo fluye a su antojo, que ni puede ni debe congelarse como una escena pulcra y elegante del prestigioso pintor de turno. El tiempo pasa, señores, para bien y para mal. Lo que ayer fue una realidad triste para la mayoría, añorada para otros, hoy forma parte del recuerdo. Más aún, lo que ayer fue crueldad, despotismo y altanería no se va a transformar en algo digno de alabanzas por mucho que se presente cubierto de romanticismo trasnochado. Por mucho que el añorado poder de antaño trate de mostrarse como un logro colectivo, somos muchos los que tenemos muy presente que no hay nada que agradecer ni nada de lo que sentirse orgullosos más allá de un hecho meramente circunstancial. Los vasallos de la Historia no le deben nada a nadie, ni tienen por qué tolerar que ningún defensor del rancio abolengo (por rancio que sea) les pida que sigan arrodillándose ante los ridículos símbolos de siempre, sean del lugar que sean.
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Escrito por Yosi_ el sábado, 21 de junio de 2008

Normalmente no me gusta reproducir textos ajenos integramente, menos aún cuando son excesivamente largos para un formato tipo blog, pero hoy navegando me he topado con este texto que, a pesar de conocerlo anteriormente, ha vuelto a producirme una gran impresión. Es un relato corto, obra de Manuel Rivas, llevado magistralmente al cine (en un combinado con otros relatos, pero bajo el título de éste) por Jose Luis Cuerda en una película protagonizada por el recientemente fallecido Fernando Fernán Gómez interpretando para mi gusto uno de sus mejores papeles.

La historia se desarrolla en un pequeño pueblo de Galicia, en el año 1935. Habla de algo tan cotidiano como las primeras experiencias de un niño tímido y asustadizo al comenzar a ir a la escuela, al descubrir el mundo de la mano de un maestro comprensivo, humilde, brillante, una de esas grandes personas que a tanta gente resultan molestas por aportar luz en un pais oscurantista y rancio como la España de entonces y de ahora. Habla de una sociedad que dió la espalda a los ideales libertarios para regresar al caciquismo meapilas tristemente autóctono, y lo que es aún más desgarrador, habla de como se contempla el absurdo más mezquino desde los ojos sorprendidos de la frágil inocencia que representa Moncho, un niño arrebatado por la pasión de aprender, de conocer, de ser libre. Creo que ante todo la historia trata de hacernos comprender que tal vez toda la maldad que muchos creen innata en el ser humano solo sea el reflejo de la lucha que mantenemos con nosotros mismos bajo el yugo del miedo a los miedos de quienes no son capaces de mirarse al espejo. Quizás todo eso se cure simple y llanamente atreviéndonos a descubrir la verdadera libertad.

La lengua de las mariposas, de Manuel Rivas


"¿Qué hay , Gorrión? Espero que este año podamos ver por fin la lengua de las mariposas".
El maestro aguardaba desde hacía tiempo que le enviaran un microscopio a los de la instrucción pública. Tanto nos hablaba de como se agrandaban las cosas menudas e invisibles por aquel aparato que los niños llegábamos a verlas de verdad, como si sus palabras entusiastas tuvieran un efecto de poderosas lentes.
"La lengua de la mariposa es una trompa enroscada como un resorte de reloj. Si hay una flor que la atrae, la desenrolla y la mete en el cáliz para chupar.� Cando lleváis el dedo humedecido a un tarro de azúcar ¿a que sienten ya el dulce en la boca como si la yema fuera la punta de la lengua? Pues así es la lengua de la mariposa". Y entonces todos teníamos envidia de las mariposas. Que maravilla. Ir por el mundo volando, con esos trajes de fiesta, y parar en flores como tabernas con barriles llenos de jarabe.
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